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Desde su fundación oficial en 1917, la National Hockey League se ha convertido en una de las cinco ligas más influyentes del deporte profesional en América del Norte. Con el paso de cada temporada, nuevos mercados se han ido sumando a la afición, mientras más jóvenes encuentran en el hockey una disciplina que va más allá de la competencia. Bajo esa premisa, NHL.com/es presenta Conexiones fuera del hielo, una serie que explora los vínculos entre este deporte y las historias humanas que lo rodean. En esta entrega, la protagonista no es una figura externa, sino una jugadora que encarna el crecimiento, la herencia y el propósito del hockey femenino de Puerto Rico en el escenario internacional: Katie Leffler.

El desarrollo del hockey suele medirse en pistas nuevas, programas juveniles o mercados emergentes que poco a poco encuentran su lugar dentro del mapa del deporte. Sin embargo, en ocasiones ese crecimiento se vuelve tangible a través de historias individuales que, sin proponérselo, terminan representando un movimiento mucho más amplio. Desde el Caribe hasta el sur de América, el hockey femenino de Puerto Rico ha comenzado a escribir una narrativa propia, y en ese proceso, nombres como el de Katie Leffler se han convertido en símbolos de pertenencia y propósito.

La medalla de oro obtenida por la selección femenina de Puerto Rico en el torneo 3x3 avalado por la Federación Internacional de Hockey Sobre Hielo (IIHF por sus siglas en inglés), no solo representó un logro deportivo. Para Leffler, ese momento fue la convergencia de una trayectoria poco convencional, forjada entre el sur de Florida, Boston y una herencia familiar profundamente arraigada en la Isla.

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De Florida a Boston: formación, identidad y mentalidad competitiva

Antes de vestir los colores de Puerto Rico, el hockey ya había marcado su vida desde temprana edad. Creció en el sur de Florida, donde el deporte no siempre es la primera opción, y encontró en el hockey sobre ruedas un refugio cotidiano. “Hockey en el sur de Florida para mí fue un escape. No había nada que quisiera más que llegar a casa después de la escuela y jugar hockey con mis amigos. A medida que crecí, mi naturaleza competitiva se apoderó de mí y quería seguir avanzando.”

Ese deseo la llevó a tomar una de las decisiones más importantes de su carrera: mudarse a Boston para su último año de secundaria y posteriormente competir en el hockey universitario. El contraste fue inmediato. “Pasar del hockey de Florida a Boston fue un salto enorme. Pasé de jugar single-A con los varones a AAA con mujeres. Yo apenas estaba aprendiendo sobre el hockey universitario cuando era estudiante de primer año, mientras que mis compañeras habían soñado con jugar para ciertas universidades desde que tenían cinco años”. Leffler no se sintió fuera de lugar, pero sí consciente del reto. “No estaba atrasada, pero tenía muchísimo que aprender”.

La inmersión en una de las culturas de hockey más fuertes del mundo redefinió su mentalidad. “Mi último año fue de un crecimiento enorme. Mi enfoque cambió por completo. Pasé de entrenar en un gimnasio local a tener a Hilary Knight entrenando al lado mío”. Vivir en una ciudad que, como ella misma dice, “come, duerme y respira hockey”, llevó su juego a otro nivel y fortaleció su identidad como competidora.

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Puerto Rico en el hielo: herencia, oro 3x3 y crecimiento

Ese recorrido encontró un nuevo significado cuando decidió representar a Puerto Rico a nivel internacional. No fue una elección casual, sino profundamente personal. “Mi herencia viene de mi abuela. Ella nació y creció en Ponce, Puerto Rico. Crecí muy cerca de ella y es un honor enorme poder representar el país donde ella se formó”. Cada vez que Leffler se coloca el uniforme nacional, la conexión es directa. “Ha sido una de mis mayores seguidoras toda mi vida y lo que más me enorgullece es poder representarla cada vez que tengo la oportunidad de vestir el suéter”.

El torneo 3x3 en Argentina añadió una capa especial a esa experiencia. En un formato acelerado, sin margen para el error, Leffler encontró un entorno que potenciaba sus virtudes. “Siento que mi estilo de juego encajó muy bien con ese formato. Tener el disco para crear tiempo y espacio es algo que siempre enfatizo con las jugadoras que entreno”. La toma de decisiones fue clave. “Intenté ser paciente pero también decisiva. Confiamos unas en otras para pasar cuando era necesario, pero también para mantener el disco si no veíamos la línea. Eso nos ayudó a reducir pérdidas y aprovechar el espacio”.

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Durante el camino al oro, su impacto ofensivo fue determinante, pero siempre dentro de un plan colectivo. “Llegamos con un plan de juego claro. Practicamos nuestras jugadas y usamos los entrenamientos diarios para construir química poco a poco”. El entorno facilitó su desempeño. “El equipo me hizo el trabajo fácil. Cuando tenía el disco, mis compañeras llenaban los carriles y atacaban la red”. Consciente de sus fortalezas, supo adaptarlas al contexto. “Mi velocidad es mi mayor arma, y en una pista más pequeña sabía que podía usarla a mi favor. Si iba a rematar, quería ver claramente la portería. No quería lanzar desde lejos o en un ángulo malo y perder la posesión”.

Uno de los momentos más significativos del torneo ocurrió fuera de las estadísticas. Compartir esa experiencia con su hermana mayor añadió una dimensión emocional única. “Mi hermana es mi mejor amiga. Ha estado a mi lado desde el inicio y poder compartir todas estas experiencias juntas es la mejor sensación del mundo. Hemos recorrido muchos lugares en muy poco tiempo con este equipo, y son memorias que vamos a cargar toda la vida”.

El crecimiento del hockey en Puerto Rico es algo que Leffler observa con admiración. “Lo que más me impresiona es el esfuerzo incansable de los voluntarios. El hockey es un deporte muy especial y ver la cantidad de sudor y horas que se invierten en renovar una pista de hockey sobre ruedas es realmente admirable”. Los resultados comienzan a reflejar ese trabajo. “Fuera de la Isla, en el último año hemos ganado tres medallas de oro en las ramas masculina y femenina, y esto apenas va hacia arriba”. El respaldo de la comunidad ha sido fundamental. “El apoyo a través de las redes sociales ha significado el mundo para nosotras y esperamos seguir llevando más medallas a la Isla para hacer sentir orgulloso al país”.

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Liderar con propósito: El mensaje para la próxima generación

Dentro de un grupo diverso en edades y trayectorias, su enfoque de liderazgo se basa en la inclusión. “Mi objetivo siempre es que todas se sientan parte. Cada una tiene un rol y aporta algo distinto”. No importa la función específica. “Ya sea anotar goles, defender o evitar que el disco entre en nuestra red, todas somos piezas importantes”. Para Leffler, el ambiente es tan importante como el resultado. “Más allá de nuestras diferencias, lo más importante es reírnos y disfrutar. Todas estamos ahí para representar a Puerto Rico y tratar de ganar partidos”.

Como seguidora del hockey, reconoce la influencia de la NHL en su manera de entender el juego. Creció siguiendo a los Florida Panthers y fue testigo de su transformación cultural. “Han construido una cultura ganadora que cambió por completo el hockey en el sur de Florida”. Ese ejemplo lo traslada a su rol como entrenadora y referente. También identifica el valor de la representación. “Que la NHL continúe destacando las herencias diversas de sus jugadores puede abrir puertas enormes para mercados pequeños. Tener a un jugador con raíces puertorriqueñas llevando clínicas a la Isla sería increíble para el país y para el deporte”.

El mensaje que Leffler espera transmitir a las nuevas generaciones es directo y honesto. “No existe una forma tradicional de perseguir tus sueños. He pasado del hockey sobre ruedas en el sur de Florida, al hockey universitario en Boston, y luego a representar mi herencia puertorriqueña en Argentina”. Su recorrido no fue lineal, pero sí constante. “Nunca supe a dónde me llevaría tirar discos en la entrada de mi casa, pero aprendí que el camino nunca es recto. Si amas el juego y estás dispuesto a trabajar para seguir jugando, el final todavía está muy lejos”.

Así, la medalla de oro del 3x3 no es un punto final, sino un símbolo. Un símbolo de una Isla que sigue abriéndose espacio en el hockey internacional, de una comunidad que construye desde la base y de atletas como Katie Leffler, que conectan identidad, familia y deporte en una misma historia fuera del hielo.

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