No obstante, eso no quiere decir que no aplique a los casos específicos de Carbonneau, Zubov, Wickenheiser, Nedomansky, Rutherford y York.
Por lo menos, por tan solo esta única vez luego que fueran inmortalizados e investidos al Salón de la Fama del hockey en Toronto, Canadá y donde se despidieron -una vez más- con un tremendo nudo en la garganta.
¿Y sabe por qué? Porque separarse de alguien o algo tan querido, como lo es, fue y siempre será el hockey para ellos debe ser muy doloroso.
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Y fue así como culminó el fin de semana del salón de la Fama con los homenajeados de este año en el centro de atención y con más de una lágrima en la mejilla.
Una última oportunidad de agradecer, y de volver a decir adiós. Con Carbonneau hablando de la importancia de la familia a un Zubov hablando de su amor por el juego, cada uno de los miembros de este año usaron sus propios discursos, basados en sus experiencias y vivencias, para contar historias sus desafíos, apuestas, riesgos y evidentemente, el logro de la grandeza durante sus propios peregrinajes y caminos hacia el salón sagrado del hockey donde, se honra y se premia la dedicación, la excelencia y el esfuerzo con inmortalidad.
¡NI EN SUEÑOS!
Algo que, Guy Carbonneau resumió como "un honor increíble y un verdadero privilegio". Claro, el ser incluido en el salón de la Fama del Hockey.
"Cuando era niño, soñaba con jugar en la NHL, con ganar la Stanley Cup, y con marcar un gol en los Playoffs. De alguna manera, a medida que avanzamos a través de los rangos de hockey, aprendemos cómo reaccionar a diferentes cosas. Cuando nos reclutan, cuando jugamos nuestro primer partido, cuando marcamos nuestro primer gol, y para los afortunados, cuando finalmente ganamos la Copa. ¿Pero ser incluido en el Salón de la Fama? Nunca en mis sueños más salvajes", resumió previo a la toma del micrófono por parte de Zubov.